sábado, 9 de julio de 2011

Adiós, Cora, adiós.

Hoy he tenido que sacrificar a mi perra, Cora. En realidad no era mía, sino de mi novia, y en los viajes de escalada y montaña desde que estamos juntos, nos seguía siempre. Era una preciosa galga-pastor alemán, muy inteligente y con verdadera pasión por el campo y la montaña. Me hubiera encantado llevarla una última vez a la Pedriza; hace un mes pudo llegar al refugio de Galayos y nos esperó allí mientras bajábamos de La Mira. La última media hora, ya de noche tuve que bajarla en brazos. Me pareció que la habíamos dado un tute exagerado. Ahora me alegro de que estuviera de compañera y amiga allí por última vez. Pocos fines de semana antes subimos al Yelmo por el Elefante, y disfrutó como de costumbre, saltando de piedra en piedra.
 He pasado con Cora cuatro años, y en este tiempo me habréis visto con ella por La Pedriza, Patones, La Marxuquera, Tarifa, Valeria, El Escorial, Torrelodones, Quirós, Llanes, Galayos, Valdehuesa... Rosa, mi novia, estaba orgullosa de su perra. Yo quiero a Rosa, y también estaba orgulloso de Cora. Ágil, ladrona, engañadora, fiel y graciosa, quien la haya visto la recordará como muy pesada y cameladora: quería subirse a las vías (de hecho lo intentaba), y solo se quedaba tranquila cuando llegaba al suelo desde el descuelgue. Siempre buscaba las tretas para hacerse con la comida de quien estuviera por allí, y casi siempre lo conseguía.
 Creo que es difícil explicar la complicidad que se establece con los perros, (especialmente con los mestizos avispados) a quien no haya compartido la vida con uno. Tengo más anécdotas que compartir con ella que con la mayoría de compañeros de cordada. Sé que es normal sentirse triste y culpable por tomar estas decisiones. Y sin embargo, cuando la llevaba al veterinario y la subía en el coche por última vez, una parte de mi vida se pierde para siempre. A mi novia la cosa le ha pillado de viaje de estudios; ella la crió desde pequeña, y ya no tiene la amiga que le seguía cuando salía a correr, o que llenaba de anécdotas los viajes.
 Llevarla a sacrificar ha sido la decisión más dura de mi vida. Así, sin más, y no me valen los pensamientos de "era solo un perro" o "he hecho lo mejor". Mañana iré a patear la Pedriza, esta vez sin Cora, una de las pocas veces desde hace cuatro años, que salgo al monte sin esta perrigalga avispada y simpática, cuya cara cambiaba a radiante al bajar del coche en una zona de montaña. Aquí quería hablar de monte, y en un blog de monte es donde quiero recordar a Cora. Hubiera sido feliz viniendo. Eso es todo.

2 comentarios:

zipirot dijo...

Vaya, lo siento, soltaba mas pelo que yo (cuando yo tenia pelo) pero era un buen perro, enemigo de buscar peleas (mira, en eso no nos parecíamos). Descanse en paz.

Joaquin Hortal dijo...

no era solo una perra... se pasó la vida corriendo (y también buscando comida, es verdad), y riendo mientras corria, con la lengua fuera; si ya no podía ni andar, ya no era ella; perdería la felicidad que le llenaba y que rebosaba hacia afuera; sin poder correr, ya no sería ella, sino una sombra triste por unos dias más; por eso, y por el recuerdo de ella como fué, por mucho que duela, Juanan, había que decirle adiós
adiós Corita